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29 de mayo de 2012

Soneto

Esas perfecciones que logró Rubén Darío.


Ite missa est


Yo adoro a una sonámbula con alma de Eloísa,
virgen como la nieve y honda como la mar;
su espíritu es la hostia de mi amorosa misa,
y alzo al són de una dulce lira crepuscular.

Ojos de evocadora, gesto de profetisa,
en ella hay la sagrada frecuencia del altar:
su risa en la sonrisa suave de Monna Lisa;
sus labios son los únicos labios para besar.

Y he de besarla un día con rojo beso ardiente;
apoyada en mi brazo como convaleciente
me mirará asombrada con íntimo pavor;

la enamorada esfinge quedará estupefacta;
apagaré la llama de la vestal intacta
¡y la faunesa antigua me rugirá de amor!


(En Prosas profanas)

26 de octubre de 2011

Ese gran escritor

Antonio Di Benedetto es, sin dudas, uno de mis escritores favoritos. Si bien está algo olvidado, me alegra saber que todavía hay gente que se encarga de estudiar su obra y descifrar algunos misterios de su vida.
Acá una notita sobre sus problemas en la última dictadura a causa de sus publicaciones en los diarios mendozinos que lo llevó a estar preso, ser torturado y luego obligarlo al exilio:


Antonio Di Benedetto

11 de junio de 2011

Algunas consideraciones sobre la literatura actual

Hace unos días leyendo el blog Común Ente (recomendable) me encontré, en su última entrada, una reflexión sobre la lectura de nuevos narradores y de la producción actual. Sobre el final del texto coincido con lo que se dice: “nosotros, como lectores, tenemos una tarea: leer a nuestros escritores”. No sólo a los consagrados, sino también a los que están produciendo en este momento dentro y fuera del mercado y de las instituciones. Leer a los que aún no gozan de renombre e incluso a aquellos que difícilmente lo logren y sólo se los conozca en un pequeño círculo, tal vez en el de amigos únicamente.
Hay que leer la producción actual. Implica tanto a la que fue escrita hace no tanto tiempo y a la que está siendo producida ahora. Para esta última, los blogs son, creo, un lugar al que hay que acudir. Permiten observar cuáles son las tendencias, las preocupaciones y estilos que están asomando la cabeza. Incluso gracias los sistemas de “links a favoritos” es posible rastrear grupos de escritores que comparten intereses o que de algún modo se relacionan; el salto de link a link abre el panorama de las lecturas. Prefiero los blogs antes que los encuentros de lecturas de poesía para conocer nuevas obras; es necesario aclarar que no se repelen, incluso se las puede pensar tranquilamente como complementarias.
La tarea de navegar por las nuevas escrituras no es fácil. Como en un terreno casi virgen, hay que construir los senderos por medio de la lectura con la ayuda de la constancia. El tiempo que requiere no todos lo quieren emplear para esta búsqueda, que no implica descuidar otras lecturas (obras ya reconocidas, escritores consagrados, etc). Debe realizarse una tarea de selección y actuar con criterio para no desilusionarse con los resultados que tal vez no sean satisfactorios al gusto o al interés que se tenga.
Para finalizar este pequeño escrito, dejo algunas preguntas que me surgen sobre el tema: ¿Qué perfil está tomando el canon que se está seleccionando de la literatura actual? ¿Quiénes formarán parte? ¿Cuánto se le está dedicando a las nuevas producciones? El tiempo y nuestro trabajo lector las responderán.

25 de abril de 2011

Del relampago

Hoy en la madrugada murió el poeta chileno Gonzalo Rojas (Lebu, 1917- Santiago 2011). Gracias a sus poemas llegó a ser condecorado con el Premio Cervantes en el 2003, entre otras distinciones que ganó. Si bien no toda su producción es de mi agrado, creo que ha escrito grandes poesías, versos que difícilmente se logren igualar.
Por suerte, gran parte de su obra, entrevistas, artículos, videos y biografía se encuentra en Internet gracias a los esfuerzos de la Universidad de Chile. 

Dejo una de las poesías que más me gusta de él:


Numinoso


1
Al mundo lo nombramos en un ejercicio de diamante,
uva a uva de su racimo, lo besamos
soplando el número del origen,
                                                          no hay azar
sino navegación y número, carácter
y número, red en el abismo de las cosas
y número.


2
                Vamos sonámbulos
en el oficio ciego, cautelosos y silenciosos, no brilla
el orgullo en estas cuerdas, no cantamos, no
somos augures de nada, no abrimos
las vísceras de las aves para decir la suerte de nadie, necio
sería que lloráramos.

3
Míseros los errantes, eso son nuestras sílabas: tiempo, no
encanto, no repetición
por la repetición, que gira y gira
sobre
sus espejos; no
la elegancia de la niebla, no el suicidio:
                                                                      tiempo,
paciencia de estrella, tiempo y más tiempo.
                                                                              No
somos de aquí pero lo somos:
                                                      Aire y Tiempo
dicen santo, santo, santo.


De Oscuro, 1977.

14 de abril de 2011

De las siestas de otoño


El sol de los días de abril no declina, adelgaza. Salimos a caminar después de comer, tranquilos, evitando la sombra fría y parándonos a cada rato para mirar una fronda amarilla, el ornamento de una fachada. Discutimos de sexo y de política. Para mí, son siestas de estatuas y de sol fino; después de muchas cuadras, las sienes empiezan a picar. Pasamos por la plaza de las palomas, vamos a la costanera, nos inclinamos sobre la baranda y miramos el río. Calculo que es a esa hora que se achatan y se despliegan las ciudades. Me ha parecido, algunas veces, saberlo todo sobre las estatuas, sobre el orín que las desfigura y las mancha, sobre las casas viejas que atestiguan vidas más perfectas.
Más refinada, la luz solar —a una hora precisa—, polvorienta, es suave y omnipresente. Nos sentamos en un banco de madera, sobre caminitos de ladrillo molido, para que se nos caliente la cabeza. De golpe nos quedamos sin hablar. Lo que llamamos el murmullo, el rumor de los años vividos, el ruido de lo que recordamos, va pasando, poco a poco, hasta que enmudece por completo. Entonces se empiezan a escuchar los sonidos de afuera: un auto, lejos, el grito de dos chicos que se llaman uno al otro más allá del parque y de la gran rotonda de la costanera, o bien los chasquidos de zapatos femeninos que se arrastran sobre el ladrillo pulverizado. No conozco nada más vivido. En el corazón —¿puedo llamarlo así?— resuena el eco vacío de esos susurros. Me he sorprendido, en esos momentos, preguntándome con un pavor súbito: «¿Quién soy yo y qué hago aquí?». Como después cuando caminamos de nuevo y entramos en el primer bar la sensación desaparece, he elaborado la teoría de que el sol de abril que fluye en declive lento sobre las ciudades no es saludable y de que sus efectos son parecidos a los de la marihuana, pero más difusos.
(Juan José Saer)

29 de marzo de 2011

Silbidos

“Un pésimo actor, muy pagado a si mismo, sale de gira con el monólogo de Hamlet. Siempre había soñado con hacer Shakespeare, pero nunca lo llamaban. Ninguna compañía, ni la más triste, le ofrecía un papel. El actor, ya maduro, con dolores de ciática, veía alejarse el último sueño que tenía. Una noche, frente al espejo y a una amante cincuentona, llena de granos, se dijo que si los otros actores no se animaban, él si. Y salió de gira. Fue a Córdoba y lo silbaron, fue a Bahía Blanca y también lo silbaron, pasó por Santa Fe y el público seguía silbando. Una noche en Rosario, harto de derrochar energía, llegó a la conclusión que algo fallaba. Aturdido por los chiflidos y el pataleo se paró frente al público, hizo un corte de manga y le gritó: ¡Paren, carajo, que no fui yo el que escribió esta mierda!”
Estábamos tan borrachos que nos reímos como locos, revolcados en la arena, mientras despuntaba el día. Lucas podía contar cualquier cosa y hacerla graciosa. Yo ya había escuchado ese chiste en el ambiente del teatro y creo que François Truffaut lo tomó en una de sus películas. Pero igual me hacía desternillar de risa. Supongo que era porque ponía en tela de juicio toda la escritura, aun la más genial que haya dado la humanidad.



( “La hora sin sombra” - Osvaldo Soriano)

28 de febrero de 2011

Nieve

“Imaginaba la nieve blanca, liviana, bajando en línea recta hacia el suelo y apoyándose luego sobre el suelo hasta taparlo con un manto blanco de nieve. Pero esa nieve ahí, amarilla, no caía: corría horizontal por el viento, se pegaba a las cosas, se arrastraba después por el suelo y entre los pastos para chupar el polvillo de la tierra; se hacía marrón, se volvía barro. Y a eso llamaban nieve cuando decían que  los accesos tenían nieve. Nieve: barro pesado, helad, frío y pegajoso.
[…]
Nunca se deben iluminar las caras con la linterna. Al principio, cuando alguien pedía la linterna, siempre la pasaban prendida, dirigiéndole el rayo de luz a la cara. Así se producía dolor: dolían los ojos y dejaba de verse por un rato. Abajo –por tanta oscuridad-, y afuera, andando siempre de noche y en el frío, la luz duele en los ojos. Alguien alumbraba la cara y los ojos se llenaban de lágrimas, dolían atrás, y enceguecían. Después las lágrimas bajaban y hacían arder los pómulos quemados por el sol de la trinchera. Escaldaban.”

(Los pichiciegos – Fogwill)

6 de febrero de 2011

Un poco más de Paz


DESTINO DE POETA

¿Palabras? Sí, de aire,
y en el aire perdidas.
Déjame que me pierda entre palabras,
déjame ser el aire en unos labios,
un soplo vagabundo sin contornos
que el aire desvanece.

También la luz en sí misma se pierde.



EL PÁJARO


En el silencio transparente
el día reposaba:
la transparencia del espacio
era la transparencia del silencio.
La inmóvil luz del cielo sosegaba
el crecimiento de las yerbas.
Los bichos de la tierra, entre las piedras,
bajo la luz idéntica, eran piedras.
El tiempo en el minuto se saciaba.
En la quietud absorta
se consumaba el mediodía.

Y un pájaro cantó, delgada flecha.
Pecho de plata herido vibró el cielo,
se movieron las hojas,
las yerbas despertaron...
Y sentí que la muerte era una flecha
que no se sabe quién dispara
y en un abrir los ojos nos morimos.


Silencio


Así como del fondo de la música 
brota una nota 
que mientras vibra crece y se adelgaza 
hasta que en otra música enmudece, 
brota del fondo del silencio 
otro silencio, aguda torre, espada, 
y sube y crece y nos suspende 
y mientras sube caen 
recuerdos, esperanzas, 
las pequeñas mentiras y las grandes, 
y queremos gritar y en la garganta 
se desvanece el grito: 
desembocamos al silencio 
en donde los silencios enmudecen.

Octavio Paz [1944]